__________________________________________________________________________

SANTORAL

Todos los Santos, 1 de noviembre


Lectura del libro del Apocalipsis (7, 2-4.9-14)

Yo, Juan, vi otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: —«No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.» Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: —«¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!» Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: —«Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» Y uno de los ancianos me dijo: —«Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿Quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: —«Señor mío, tú lo sabrás.» Él me respondió. —«Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.»

 

Salmo responsorial [23, 1-2.3-4ab.5-6 (R.: cf. 6)]

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
El orbe y todos sus habitantes:
Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos

R. Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R. 

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3, 1-3)

Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo lo que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5, 1-12a)

En aquel tiempo, al ver el Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: —Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedaran saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»



Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

 

¡Qué gozo tan grande ver a la familia entera reunida con motivo de una fiesta! Hermanos, primos y parientes que no se veían desde hacía tiempo se vuelven a reencontrar y el recuerdo y el amor que se profesan hace que no resulte tan largo el tiempo de la separación. Con la fiesta de Todos los Santos pasa algo similar, no se trata de un sentimentalismo banal, sino de una intensa emoción que brota de la fe y la esperanza. Todos los Santos es el descubrimiento de que todos los creyentes formamos la familia de los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo; por ello, la fiesta de hoy -en realidad toda celebración de la Eucaristía lo es- es la reunión de una gran familia, una reunión que aspiramos que sea definitiva cuando se manifieste plenamente el Reino de Dios. Mientras tanto, mientras caminamos en este tiempo, experimentamos una mezcla de alegría y de tristeza: alegría por compartir el gozo de la fe con muchos hermanos, de caminar hacia la Patria definitiva, y tristeza porque nos gustaría que muchos hermanos nuestros que ya nos han dejado estuvieran todavía junto a nosotros; tristeza también a causa de nuestros pecados e infidelidades.

A pesar de nuestras limitaciones humanas y de nuestras culpas, todos los discípulos de Jesucristo estamos llamados a la santidad. La Sagrada Escritura y la predicación de la Iglesia nos lo recuerdan de muchas maneras; las palabras de San Juan en su primera carta van por esta línea: «Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro, como puro es Él». Porque ser cristiano es ser configurado a Jesucristo, ser una sola cosa con Él, al igual que Él y el Padre son una sola cosa en el Espíritu Santo. Por ello, la santidad no es el privilegio de unos pocos elegidos, sino el patrimonio universal que todos los hombres y mujeres, creados a imagen y semejanza de Dios, estamos llamados a compartir.

La Iglesia es una comunión viva de todos los santos. Hablar de santidad es lo mismo que hablar de intimidad y comunión con Dios, participación en la vida de la Santísima Trinidad, que nos revela hasta qué punto Dios es amor. Por ello, todos los creyentes, ya que somos amados por Dios y queremos amar a Dios, nos sentimos profundamente unidos a Él y, al mismo tiempo, nos sentimos profundamente vinculados entre nosotros, formando así una comunión de amor y vida: es lo que decimos en el Credo de los Apóstoles que aprendimos en la catequesis: «Creo en la comunión de los santos», ¿en qué consiste esto? Se trata de una comunión que nos une a todos, vivos y difuntos, personas que todavía peregrinamos en la tierra, bienaventurados que participan en la gloria del cielo y hermanos que se purifican en el purgatorio. Entre todos circula una corriente de amor y vida, que nunca se detiene ni se corta; ni siquiera la muerte tiene poder para cortarla o romperla, porque parte de Dios y se fundamenta en Dios, y en Él se identifican para siempre amor y vida.


_________________________________________________________________________

La Concepción Inmaculada de la Bienaventurada Virgen María, 8 de diciembre


1ª LECTURA Lectura del libro del Génesis (Gn 3, 9-15. 20.)

Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: Dónde estás? El contestó: Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor le replicó: Quién te informó de que estabas desnudo? Es que has comido del árbol que te prohibí comer? Adán respondió: La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí. El Señor dijo a la mujer: Qué es lo que has hecho? Ella respondió: La serpiente me engañó, y comí.
El Señor Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón. El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.


SALMO RESPONSORIAL (Ps 97)

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad.


2ª LECTURA Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios (Ef 1, 3-6. 11-12.)

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. El nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. El nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.


EVANGELIO Lectura del santo Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38)

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracias, el Señor esta contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel.



Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo

 

           La celebración de hoy está profundamente relacionada con el sentido del Adviento, pues María es la gran figura de la esperanza, modelo y ejemplo para sus hijos. Nadie como ella esperó con tanta intensidad la llegada del Salvador. Dichosas las entrañas de la Virgen María, que trajeron al mundo al Hijo del Padre Eterno. Para preparar una estancia digna de su Hijo, Dios bendijo y santificó desde el mismo instante de su concepción a aquella humilde sierva que había elegido, preservándola del pecado original: «Es dulce y piadoso creer que la infusión del alma de María se efectuó sin pecado original, de modo que en la mismísima infusión de su alma ella fue también purificada del pecado original y adornada con los dones de Dios, recibiendo un alma pura infundida por Dios; de modo que, desde el primer momento que ella comenzó a vivir fue libre de todo pecado». Quien así se expresa es Martín Lutero en un sermón Sobre el día de la Concepción de la Madre de Dios, pronunciado el 8 de diciembre de 1527, cuando ya hacía años que había iniciado la Reforma protestante; he preferido esta cita a la de un autor católico por su carácter sorprendente. Es cierto, Lutero, ya protestante, creía en la Concepción Inmaculada de María, cuando en la Iglesia católica, aún siendo objeto de la devoción del pueblo fiel, era una cuestión todavía disputada entre los teólogos. María, inmaculada en su concepción fue también inmaculada a lo largo de toda su vida. Sin distinguirse externamente de las mujeres de su pueblo y de su época, era la obra maestra de la gracia. La Concepción Inmaculada de la Virgen María nos abre a la consideración del ser humano tal como Dios lo creó y tal como quería que fuera: imagen y semejanza suya. En el plan redentor de Dios, María es el modelo de la humanidad salvada por Jesucristo y por eso Él quiso que la salvación abarcara en ella desde el primer instante de su vida, y que esta salvación perseverara en ella a lo largo de toda su vida en perfecto estado de gracia, sin defección alguna. La Bienaventurada Virgen María nos muestra lo que somos nosotros a partir del Bautismo y lo que seremos plenamente cuando alcancemos la gloria de Dios.

           La vida de la Virgen María estuvo adornada por muchas virtudes: humildad, confianza en Dios, rectitud de intención y disponibilidad para hacer siempre la voluntad del Señor, entre otras. Pero hoy destacaremos una en particular: la pureza, que ella vivió en toda su existencia terrenal, de tal manera que se transformó en un espejo de la pureza de Dios y por eso ha merecido ser llamada “la Purísima”. «Dichosos los limpios de corazón, porque verán Dios», nos dice Jesús en las Bienaventuranzas, ya que la pureza nos acerca y nos hace semejantes a Dios, y sólo quienes tengan un corazón limpio y unos ojos puros  podrán verlo. Dichosa tú, María, porque has visto a Dios hecho hombre en el fruto bendito de tu vientre.

           A muchos se les hace difícil hoy creer en la virginidad de María, que se materializó en una existencia terrenal completamente pura y consagrada al Señor. El ambiente que nos rodea –tan cargado de sensualidad e hipersexualizado– ha hecho problemático creer incluso en el sentido de la pureza y valorar la práctica de la castidad. ¿Acaso desde los medios de comunicación no se ridiculiza muy a menudo la pureza y se considera la práctica de la castidad como una actitud propia de personas tontas o reprimidas y anticuadas? ¿No es verdad que a menudo se banaliza la palabra “amor” y su significado se ve reducido a un hecho fisiológico y a la satisfacción de deseos carnales? ¿Qué podrá entender alguien que piense así?, ¿cómo apreciará el valor excelente de la pureza de María y de la pulcritud de corazón de todos aquellos que han seguido el camino abierto por Jesucristo y que nos muestra la infinita y eterna pureza de Dios? Al contemplar al ser humano, con su grandeza, como imagen de Dios, comprenderemos entonces que todo pecado y, por ello también cualquier pecado contra la pureza, es un ataque contra la semejanza que Dios ha puesto en cada uno de nosotros, una profanación contra la dignidad del cuerpo humano, que es el templo del Espíritu Santo. Pero, para que la pureza sea auténtica y digna de este nombre, ha de estar acompañada por otras virtudes, como las que adornaron la vida de la Virgen María. Invoquémosla, hoy y siempre, como Madre nuestra y pidamos por su intercesión que la gracia de Jesucristo no deje nunca de actuar en nosotros.

La Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre)

 

Lectura del Libro de los Números (Núm 21,4b-9)

En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo." El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: "Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes." Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: "Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla." Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

 

Salmo responsorial (Sal 77)

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclinad el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado. R.

Cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor. R.

Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza. R.

Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor. R.

 

Lectura de la carta del Apòstol San Pablo a los Filipenses (Flp 2,6-11)

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre"; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

Lectura del Evangelio según San Juan (Jn 3,13-17)

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: "Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él."

 

Hemos de gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo

 

El título de la fiesta que celebramos hoy puede causarnos una cierta perplejidad: ¿la exaltación de un instrumento de tortura? Debemos decir que los cristianos no tenemos ningún interés en exaltar una cruz, sino que más bien exaltamos al que murió en la cruz, a Cristo, nuestro redentor; por eso la cruz tiene una gran significación para nosotros, no por lo que es, sino por la persona que murió en ella. Los cristianos no exaltamos a Cristo por lo mucho que sufrió, sino por su gran amor, con el que aceptó, libre y voluntariamente, los inmensos dolores de la crucifixión. Lo que nos salvó no fue el gran dolor de Cristo, sino su amor inmenso. Si el motivo del sufrimiento de Cristo no hubiera sido el amor, su sufrimiento hubiera sido religiosamente estéril, aunque, incluso, hubiera podido ser heroico y admirable desde otras perspectivas sociales o políticas. Los sufrimientos inútiles y estériles no nos interesan a los cristianos; no sólo no los queremos ni para nosotros ni para los demás, sino que luchamos para evitarlos. Por amor al bien, a la verdad, a la justicia, a la paz y a la santidad, estamos dispuestos a padecer y a aceptar los sufrimientos que sean necesarios para que desaparezcan de nuestra vida y de nuestro mundo el pecado, la mentira, la injusticia, la guerra y todo lo que se opone al Reino de Dios. Los cristianos somos amantes de la alegría, de la paz y de la felicidad, pero no somos ingenuos. Sabemos que para conseguir el bien tenemos que evitar el mal y esto no se hace sin grandes esfuerzos y sacrificios. Estos esfuerzos, estos sacrificios, este dolor, estas cruces, sólo son cristianamente tolerables y hasta deseables si el motivo que nos lleva a aceptarlas es el amor. El amor a Dios y el amor al prójimo, tal como nos lo enseñó con su doctrina y con su ejemplo nuestro redentor.

El único motivo por el que el Dios Padre envió su Hijo al mundo fue el amor. No lo envió para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El amor siempre intenta salvar, nunca destruir. También Dios nos ha enviado a cada uno de nosotros a este mundo para que colaboremos con Cristo en su obra de salvación, en la pequeña medida de nuestras posibilidades. Sabemos que nuestros esfuerzos para construir un mundo mejor nos supondrán trabajo y dolor, pero este sí es un dolor que Dios quiere, porque se trata de un dolor redentor, fruto del amor. Este dolor, esta cruz, cuando es signo del amor, sí la quiere Dios para los discípulos de su Hijo.

Jesucristo se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo hasta someterse a una muerte de cruz, ¿no ha de ser ésta una gran lección para todos nosotros? Así lo han entendido y así lo han practicado tantos santos y santas cristianos que, por amor a Dios y al prójimo, entregaron lo mejor de sus vidas al servicio de los más pobres y marginados. Supieron despojarse de su rango acomodado para intentar salvar a personas a las que la sociedad no les había dado ninguna otra posibilidad de salvación humana y cristiana. Cada uno de nosotros puede poner los nombres y apellidos que más prefiera, para recordar a tantas personas cristianas que, a lo largo de la historia, escogieron la pobreza y la marginación para salvar a los más pobres y desheredados de la tierra. A todos ellos, como a Cristo, queremos exaltarles nosotros ahora en la cruz de su dolor redentor, fruto y consecuencia de un inmenso amor.

La Asunción de la Virgen María (15 de agosto)

 

Lectura del libro del Apocalipsis (Ap 11,19;12,1-6.10)

Entonces se abrió el templo de Dios, el que está en el cielo, se vio en su templo el arca de su alianza en medio de ayos, voces, truenos, terremotos y fuerte granizada. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza. Estaba encinta, y gritaba con los dolores de parto y las angustias de dar a luz. Otra señal apareció en el cielo: un dragón color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos; sobre sus cabezas, siete diademas; su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las lanzó sobre la tierra. El dragón se puso delante de la mujer en trance de dar a luz, para devorar al hijo tan pronto como le diera a luz. Ella dio a luz un hijo varón, el que debía regir a todas las naciones con una vara de hierro. El hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono. Y la mujer huyó al desierto. Oí una voz potente en el cielo, que decía: Ahora ha llegado la victoria, el poder, el reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías.

 

SALMO RESPONSORIAL (Sal 45)

Escucha, hija mía, atiende, mira,
olvida tu pueblo y tu familia:
el rey se ha enamorado de tu belleza,
él es tu señor, ríndele pleitesía.
En gozoso cortejo entran
en la mansión del rey.

 

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 15,20-27)

Hermanos, Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren. Porque como por un hombre vino la muerte, así, por un hombre, la resurrección de los muertos. Y como todos mueren en Adán, así también todos
revivirán en Cristo. Pero cada uno por su turno: el primero, Cristo; luego, cuando Cristo vuelva, los que son de Cristo. Entonces vendrá el fin, cuando él destruya todo señorío, todo poder y toda fuerza y entregue el reino a Dios Padre. Pues es necesario que él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte; porque todo lo puso bajo sus pies. Pero
cuando dice que todo le está sometido, está claro que xceptúa a Dios, que fue quien le sometió todas las cosas.

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas (Lc 1,39-56)

En aquellos días María se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y dijo alzando la voz:
«¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Y cómo es que la madre de mi Señor viene a mí? Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído que se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor!». María dijo: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humilde condición de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque el todopoderoso ha hecho conmigo cosas grandes, su nombre es santo; su misericordia de generación en generación para todos sus fieles. Ha desplegado la fuerza de su brazo, ha destruido los planes de los soberbios, ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha encumbrado a los humildes; ha colmado de bienes a los hambrientos y despedido a los ricos con las manos vacías. Ha socorrido a su siervo Israel, acordándose de su misericordia, como había prometido a nuestros adres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre». María estuvo con ella unos tres meses y se volvió a su casa.

 

 

La solemnidad de la Asunción de la Virgen María es un eco de la Pascua y nos ayuda a contemplar la figura de María desde una doble perspectiva: en relación con Cristo y con la Iglesia. Se trata de dos facetas de una misma realidad: la acción de Cristo se perpetúa en la Iglesia a lo largo de los siglos; Él está presente en su pueblo, del que María es Madre y modelo de persona creyente y fiel a la voluntad divina. En la Asunción de María vemos extenderse el triunfo de Cristo sobre la muerte a todos los miembros de su cuerpo: en nosotros aún como una promesa, en María como una obra cumplida. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, nos habla de la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte y de la regeneración universal que corona su obra salvífica, y en esta obra, María tiene un papel destacado.

            Como dice el Apóstol, todos morimos a causa del pecado de Adán. Cristo, hombre perfecto en el que no hay pecado, ha querido someterse a la ley de la mortalidad para vencer a la muerte en su propio campo. Ha asumido nuestra condición humana, desde el nacimiento hasta la muerte, y la ha transfigurado con su poder divino. La Virgen María experimentó también la muerte en su condición humana, pero no a causa del pecado, ausente en ella, sino por la participación en el misterio de su Hijo, muerto y resucitado; por eso, los cristianos creemos que no conoció la corrupción del sepulcro y que ahora vive en cuerpo y alma –es decir, en toda su realidad personal– con Dios. La solemnidad de hoy arranca de una antigua fiesta, celebrada en Oriente y Occidente, llamada Dormición de la Virgen María, que contemplaba su muerte como un dormirse plácidamente en el Señor. La creencia en la incorrupción del cuerpo virginal de María dio lugar a la fe en la Asunción: Después de su vida mortal, María, llena del Espíritu Santo, fue asumida por Dios en la gloria inmediatamente después de su muerte, participando, la primera de todos, en la resurrección de Cristo. Esta asunción es, en realidad, la coronación de la asunción que hizo Dios de María desde el primer instante de su vida, ya que desde la eternidad la había elegido como Madre de su Hijo.

            Si Cristo es el nuevo Adán, es decir, el nuevo hombre, por quien nos vemos libres del pecado y de la muerte, la fe cristiana ha visto siempre a María como nueva Eva, la nueva Madre de todos los vivientes, asociada por Cristo a su obra salvadora y dada por Él mismo en la cruz como Madre de toda la humanidad. Por eso, María participa de la realeza de Cristo. También nosotros, desde el Bautismo, empezamos a participar de esta condición real que será plena en la vida eterna, cuando Cristo lo sea todo en todos. Varias veces, María es invocada como reina: reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de los confesores, reina de las vírgenes, reina de todos los santos, reina concebida sin pecado original, reina asunta al cielo, reina del santo rosario, reina de la paz. Su realeza manifiesta su tierna condición de madre que nos protege, nos ampara y nos impulsa a vivir la aventura de la fe. Su realeza no tiene nada que ver con los criterios de este mundo, no es tiránica y la ha merecido por el hecho de haberla aprendido en el sufrimiento, la discreción, el servicio y la completa entrega a la voluntad de Dios. De todas las advocaciones anteriormente citadas, quisiera poner de relieve la de reina de la paz en un mundo tan necesitado de concordia y fraternidad.

FACEBOOK

TWITTER



Free counters!